Yukio Mishima: el último samurái de la literatura

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La tarde del 25 de noviembre de 1970, el mundo fue testigo de un evento que parecía extraído de una tragedia del teatro Noh o de las crónicas medievales del Hagakure. Yukio Mishima, el escritor japonés más célebre de su generación y eterno candidato al Premio Nobel, se suicidó mediante el ritual del seppuku tras un fallido intento de golpe de Estado en el cuartel de Ichigaya. Aquel acto no fue solo un suicidio político; fue la última página de una obra de arte total donde la vida, el cuerpo y la palabra se fundieron en un solo sacrificio.

Aislamiento y trauma: Los primeros doce años de Kimitake Hiraoka

Para entender la psique de Mishima, es imprescindible descender a la habitación oscura de su infancia. Poco después de nacer, el pequeño Kimitake fue separado de sus padres por su abuela paterna, Natsuko, una mujer de linaje aristocrático samurái y carácter volátil, asolada por la enfermedad y la histeria.

Durante sus primeros doce años, Mishima vivió prácticamente secuestrado en la planta baja de la casa familiar. Natsuko le prohibía jugar bajo el sol, correr con otros niños o realizar cualquier actividad física que considerara «vulgar». Su universo se redujo a un ambiente femenino, refinado y decadente, poblado por sirvientas y el eco de antiguas tragedias del teatro Kabuki. Esta reclusión forzada agudizó una imaginación morbosa: al no poder habitar el mundo exterior, Kimitake se refugió en la literatura y en una fascinación temprana por la sangre y la muerte.

Identidad y estética: El descubrimiento del martirio

Fue en esta etapa donde nació su obsesión por el martirio. En su obra autobiográfica relata el impacto que le causó ver una lámina del San Sebastián de Guido Reni: esa mezcla de belleza juvenil y agonía física se convirtió en su ideal estético eterno. San Sebastián fue un centurión romano ejecutado por Diocleciano tras socorrer a otros creyentes, considerado uno de los primeros mártires cristianos.

Yukio Mishima representando el martirio de San Sebastián de Guido Reni.

El choque con el mundo real llegó a través de su padre, Azusa Hiraoka, un burócrata militarista que despreciaba la sensibilidad artística de su hijo. Azusa solía entrar en su habitación para romper sus manuscritos, calificando la escritura como una actividad «afeminada». Para sobrevivir, el joven Kimitake desarrolló una doble vida: estudiaba leyes por el día para complacer a su padre y escribía febrilmente por la noche bajo el seudónimo de Yukio Mishima, una máscara literaria que le permitió proteger su genio de la brutalidad doméstica.

Excelencia y distinción: El premio del Emperador Hirohito

A pesar de ser un niño pálido y enfermizo (lo que le valió el desprecio de sus compañeros en la elitista escuela Gakushuin), su brillantez intelectual era incontestable. Al graduarse como el mejor de su clase, recibió un reloj de plata de manos del propio Emperador Hirohito. Este breve encuentro selló su destino: el niño que había crecido entre las sombras de una abuela samurái y los gritos de un padre autoritario encontró en la figura imperial el símbolo de una pureza perdida que intentaría recuperar, décadas después, con su propia muerte.

La «herida» de 1945 y el rechazo a la occidentalización

Para Yukio Mishima, el 15 de agosto de 1945 —fecha de la rendición incondicional de Japón— no representó el fin de una guerra, sino el inicio de una «muerte espiritual» colectiva. Mientras el país se sumergía en la reconstrucción bajo el mando del general Douglas MacArthur, Mishima observaba con horror cómo la identidad milenaria del archipiélago se disolvía ante la influencia de los Estados Unidos.

El colapso del eje sagrado: La Declaración de Humanidad

El golpe más devastador para su cosmovisión fue la Ningen-sengen o Declaración de Humanidad de 1946. Bajo presión de las fuerzas de ocupación (SCAP), el Emperador Hirohito emitió un rescripto imperial renunciando a su naturaleza como Akitsumikami (una deidad en forma humana).

Para Mishima, el Emperador no era un cargo político, sino el vínculo estético y místico que unía al pueblo japonés con sus antepasados y con la eternidad. Al «humanizar» al soberano por decreto extranjero, Japón perdía su centro de gravedad. Según el escritor, el país se convirtió en un cuerpo sin alma, una nación de «comerciantes» sin un propósito trascendente más allá de la supervivencia biológica.

La «democracia de las lentejas» y el vacío materialista

Mishima acuñó el término despectivo «democracia de las lentejas» para describir el nuevo orden social. Aludía al relato bíblico de Esaú, quien vendió su primogenitura por un plato de comida. Sentía que los japoneses habían entregado su honor y sus tradiciones a cambio de la seguridad alimentaria, el confort burgués y los electrodomésticos estadounidenses.

  • Consumismo vs. Bushido: Veía el consumismo desenfrenado como una sedación de la voluntad. El Japón de los años 60, inmerso en un milagro económico, le resultaba un escenario hipócrita: una sociedad que vestía trajes occidentales y hablaba de paz mientras olvidaba la elegancia del sacrificio y el código del Bushido.
  • La crítica a la Constitución: Despreciaba profundamente el Artículo 9 de la nueva Constitución, que prohibía a Japón mantener fuerzas de guerra. Para él, un Japón sin ejército era un Japón «castrado», incapaz de defender su honor y dependiente de la protección de una potencia extranjera que, irónicamente, era la misma que lo había derrotado.

Modernidad como «feminización» de la nación

Mishima desarrolló una teoría crítica donde asociaba la paz duradera y el materialismo con una «feminización» de la cultura japonesa. En sus ensayos, argumentaba que la cultura de la posguerra se había vuelto «blanda», «fofa» e introspectiva, alejándose de los valores «masculinos» de la acción, el sol y el acero.

Esta visión no era solo una postura política, sino estética: para él, la belleza solo podía alcanzar su máxima expresión cuando estaba ligada al peligro y a la posibilidad de una muerte heroica. Al eliminar el conflicto y la espiritualidad guerrera, Occidente había convertido a Japón en un jardín decorativo, estéril de cualquier heroísmo real.

La metamorfosis física: El lenguaje del «Sol y el Acero»

Hacia 1955, Mishima experimentó una crisis intelectual profunda. Sentía que las palabras eran «agentes de la corrosión» que devoraban la realidad antes de que el hombre pudiera vivirla. Para él, el intelectual tradicional de la posguerra era un ser puramente cerebral y físicamente débil, una figura que empezó a despreciar. Decidió entonces que su siguiente obra de arte no sería de papel, sino de carne.

Inició un régimen estricto de culturismo (levantamiento de pesas) y artes marciales, alcanzando rangos elevados en Kendo (esgrima japonesa) y Kárate. En su ensayo fundamental, Sol y Acero (1968), teoriza sobre esta transformación: para Mishima, los músculos eran «acero invisible» y la verdad no residía en conceptos abstractos, sino en el límite del esfuerzo físico. Su objetivo era recuperar el concepto clásico del Bunbu Ryodo (la unidad de la pluma y la espada), esculpiendo su cuerpo para que su muerte no fuera la de un hombre decrépito, sino la de un guerrero en su plenitud estética.

El Tatenokai: La vanguardia del honor tradicional

Esta evolución física derivó en una organización paramilitar: el Tatenokai (Sociedad del Escudo). Fundada el 5 de octubre de 1968, esta hermandad era una anomalía en un Japón que abrazaba el pacifismo constitucional. No era un partido político con fines electorales, sino una orden espiritual y militar.

Mishima seleccionó a unos cien estudiantes de universidades derechistas basándose en su vigor físico y su lealtad absoluta a la figura del Emperador. Aunque era un grupo civil, Mishima utilizó su prestigio para que sus miembros realizaran entrenamientos militares mensuales en las bases de las Fuerzas de Autodefensa (JSDF). Los uniformes, diseñados por el modisto de la corte imperial, buscaban proyectar una imagen de dignidad y orden que contrastara con el aspecto descuidado de los movimientos estudiantiles de izquierda de la época. Su misión era servir como una guardia simbólica preparada para morir por la esencia de Japón.

‘El mar de la fertilidad’: Una cosmogonía del declive

Mientras lideraba el Tatenokai, Mishima agotaba sus energías en su proyecto literario más ambicioso: la tetralogía El mar de la fertilidad (Hojo no Umi). El título hace referencia a las llanuras áridas de la Luna; una metáfora de lo que él sentía por el Japón contemporáneo: un lugar que parece fértil pero está vacío de vida espiritual.

La obra utiliza la reencarnación para mostrar la degradación del espíritu japonés a través de cuatro novelas: Nieve de primavera, Caballos desbocados, El templo del alba y La corrupción de un ángel. El ciclo comienza con la elegancia aristocrática y termina en la nada absoluta, funcionando como un testamento de su desprecio por la modernidad. El 25 de noviembre de 1970, tras enviar el capítulo final a su editor, Mishima se vistió con el uniforme del Tatenokai. Había terminado de explicar el mundo a través de la ficción; ahora solo quedaba la acción final.

El incidente de Ichigaya: El último acto

La mañana del 25 de noviembre de 1970, Yukio Mishima llevó a cabo lo que él consideraba su «acción suprema». Junto a cuatro miembros seleccionados del Tatenokai —Masakatsu Morita, Hiroyasu Koga, Masayoshi Ogawa y Masahiro Chimoto—, se dirigió al cuartel general del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa (JSDF) en el distrito de Ichigaya, Tokio.

Bajo el pretexto de entregar una espada antigua, el grupo obtuvo una audiencia con el general Kanetoshi Mashita. Una vez en su despacho, lo tomaron como rehén a punta de katana, exigiendo que se reuniera a toda la guarnición en el patio del cuartel para que Mishima pudiera dirigirles un discurso.

El discurso desde el balcón

A las 12:00 horas, Mishima salió al balcón del despacho del general. Llevaba una cinta hachimaki en la frente con el lema «Servir al Emperador por siete vidas». Ante unos mil soldados que lo observaban con desconcierto, el escritor pronunció una arenga apasionada: denunció la Constitución de la posguerra, calificó a los soldados de «esclavos de los Estados Unidos» y les instó a levantarse para devolver el poder absoluto al Emperador.

Sin embargo, el golpe fue un fracaso absoluto en términos militares. Los soldados, lejos de unirse a su causa, lo abuchearon e insultaron. El ruido de los helicópteros de la prensa y los gritos de la multitud ahogaron gran parte de sus palabras. Mishima, consciente de que el despertar nacionalista que buscaba no iba a producirse, gritó tres veces «¡Tenno Heika Banzai!» (¡Larga vida al Emperador!) y regresó al interior del edificio.

El ritual del seppuku

En el despacho del general, Mishima procedió a ejecutar el ritual del seppuku (suicidio ritual samurái). Se desabrochó la guerrera del uniforme y se hundió la daga en el abdomen, realizando el corte horizontal prescrito. Su seguidor más fiel, Masakatsu Morita, debía actuar como kaishakunin (segundo) y decapitarlo para terminar con su agonía.

Sin embargo, Morita, presa de los nervios, falló tres veces en el intento de decapitación. Fue finalmente Hiroyasu Koga quien tomó la espada y completó el ritual. Acto seguido, Morita también se practicó el seppuku y fue decapitado por Koga. Este final sangriento y anacrónico conmocionó a un Japón que se consideraba plenamente moderno, cerrando la biografía de Mishima.

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