Si el mundo del arte, el cine y la cultura te parece fascinante, hay una sensibilidad que no puedes pasar por alto: lo camp. Popularizado por Susan Sontag en su ensayo Notas sobre lo camp (1964), el camp celebra lo exagerado, lo teatral, lo artificial y lo estrambótico, mostrando cómo lo estético se cruza con lo social, lo queer y lo performativo.
Obras imprescindibles
‘Notas sobre lo camp’ — Susan Sontag (1964)

Notas sobre lo camp es un ensayo fundacional en el que Susan Sontag analiza la estética camp no como un estilo fijo, sino como una sensibilidad: una forma de ver el mundo que abraza la exageración, el artificio y lo teatral. Consciente de sus propias atracciones y repelencias, Sontag propone que lo camp no es una idea política sino una manera de mirar las cosas, un gusto por lo no natural que ama lo exagerado hasta el punto de la comicidad. Para Sontag, lo camp nace de una ambición de grandeza que se exagera hasta lo estrambótico, poniendo en juego valores culturales y sociales que rompen con las normas del buen gusto tradicional.
Más allá de su análisis, el ensayo sitúa el camp en un contexto histórico y cultural que lo conecta con la comunidad queer y con prácticas performativas como el travestismo. Sontag coloca a figuras como Oscar Wilde como precursores de esta sensibilidad y muestra que lo camp ha sido una forma de jugar con la identidad, el género y la estética desde mucho antes de que se popularizara el término. Su impacto es tal que ha inspirado desde exposiciones hasta reinterpretaciones de moda y cultura pop.
‘Mal gusto: La política de lo feo’ — Nathalie Olah (2022)

En Mal gusto. La política de lo feo, Nathalie Olah examina cómo el “buen gusto” funciona como una construcción del capitalismo para definir estatus, clase y exclusión social. A través de ejemplos que van desde el minimalismo decorativo hasta los interiorismos ostentosos de figuras públicas, Olah muestra cómo las élites crean jerarquías estéticas que sirven para distinguirse y reforzar su poder simbólico. El libro recorre conceptos de filosofía, sociología y cultura popular, revelando que el gusto no es solo una preferencia personal, sino un marcador de moralidad y estatus.
Olah cuestiona la idea de que el buen gusto sea algo neutral o universal y demuestra que, en realidad, está profundamente ligado al consumo, la clase social y la industria cultural. Su mirada mordaz desmonta la lógica según la cual ciertos estilos o preferencias son “mejores”, mostrando que, detrás de esa valoración, hay intereses y estructuras de poder que operan en la sombra de la cultura contemporánea.
‘Pink Flamingos’ (1972) — John Waters

Pink Flamingos, dirigida por John Waters, es una comedia negra independiente que rompió los límites de lo aceptable en el cine al mezclar lo grotesco con lo humorístico y lo exagerado. Considerada parte del movimiento camp y del cine de explotación, la película muestra a Divine —una drag queen icónica— compitiendo por el título de “la persona más inmunda del mundo” en una trama repleta de escatología, perversión y provocación deliberada. Su estética deliberadamente chocante y su humor transgresor la convierten en un ejemplo absoluto del amor por lo artificial y la exageración que define lo camp.
Más allá de su choque inicial, Pink Flamingos se ha consolidado como un símbolo cultural de la contracultura y del cine queer underground. La película celebra un tipo de arte que transforma lo marginal en central y lo grotesco en símbolo de libertad creativa, desafiando las normas tradicionales del buen gusto y abrazando lo estrafalario como expresión estética legítima.
‘The Rocky Horror Picture Show’ (1975) — Jim Sharman

The Rocky Horror Picture Show, dirigida por Jim Sharman y basada en el musical de Richard O’Brien, es una película de culto que fusiona comedia, ciencia ficción y terror con números musicales y una estética exuberante. La historia sigue a Brad y Janet, una pareja conservadora que se topa con la extravagante mansión del Dr. Frank‑N‑Furter, un científico travesti que celebra la liberación de la sexualidad y la ruptura de normas sociales. Esta mezcla de parodia, absurdidad y celebración de la libertad sexual la convierte en una obra icónica dentro del camp.
Con el tiempo, la película se ha convertido en una experiencia participativa global en la que el público se disfraza, canta y transforma cada proyección en una fiesta comunitaria. Esta tradición ha convertido a The Rocky Horror Picture Show en un ritual cultural que celebra la identidad fluida, la exageración y lo teatral, encarnando el espíritu camp que Sontag describió como amor por lo artificial.
‘Priscilla, reina del desierto’ (1994) — Stephan Elliott

Priscilla, reina del desierto, dirigida por Stephan Elliott, sigue a dos drag queens y una mujer transgénero en un viaje por el desierto australiano en un autobús rosa llamado Priscilla. La película combina humor, música y moda para explorar temas de identidad, aceptación y autoexpresión con una estética visual brillante y fabulosa que abraza el exceso. Su celebración de la cultura drag y la comunidad LGBT la convierte en un ejemplo cálido y colorido de lo camp llevado a la narrativa cinematográfica.
La película fue reconocida por su diseño de vestuario y su mezcla de tragedia y comedia, así como por su capacidad para transformar la marginalidad en espectáculo sin perder humanidad. Priscilla utiliza la exageración estética no solo como entretenimiento, sino como declaración de libertad y orgullo, consolidándose como una obra fundamental del camp en el cine moderno.
‘Paris Is Burning’ (1990) — Jennie Livingston

Paris Is Burning, dirigido por Jennie Livingston, es un documental esencial para entender el camp en su contexto social y cultural. Filmado en la Nueva York de los años 80, documenta la cultura ballroom, en la que comunidades afroamericanas y latinas, así como personas gay y transgénero, compiten en elaboradas competencias de estilo, voguing y performance. El documental no solo exhibe la extravagancia visual y la teatralidad, sino que también explora temas de raza, clase, género e identidad dentro de una comunidad que transforma lo marginal en arte.
La importancia de Paris Is Burning radica en su mirada íntima y respetuosa: captura la vida y las aspiraciones de personas que utilizan la estética camp como una forma de resistencia y autoafirmación. Más que una pieza de entretenimiento, es un testimonio histórico que muestra cómo la exageración, el humor y la creatividad pueden ser herramientas poderosas para desafiar normas sociales y celebrar la diversidad.


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